21/07/2026
Parroquia: San Miguel Arcángel
A través del mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos y el testimonio de San Antonio Abad, descubrimos la naturaleza inmutable de la misericordia divina frente a la soberbia del mal. Un llamado a reconocer que, mientras el ser humano puede encontrar salvación en Cristo, el orgullo es la barrera infranqueable que nos separa de la gracia.
El camino del discípulo de Jesucristo es, por definición, una senda de transformación radical. Cuando nuestro Señor, en su enseñanza en el monte, nos invita a amar a quienes nos persiguen y a orar por nuestros enemigos (Mateo 5: 44), nos está entregando la llave que abre la puerta de la semejanza divina. Es un mandato que, visto con ojos humanos, parece una locura, pero visto desde la perspectiva de la Cruz, es la victoria definitiva sobre el odio. Sin embargo, en el corazón del cristiano surge a menudo una duda que toca los límites de nuestra comprensión: si el amor de Dios es infinito y estamos llamados a orar por nuestros enemigos, ¿por qué esa intercesión no alcanza a los ángeles caídos? ¿Por qué la misericordia parece detenerse ante la puerta del infierno?